Olga Merino: «Siempre he sido de izquierdas y ahora mismo siento que no hay ni una sombra que me cobije»

Olga Merino: «Siempre he sido de izquierdas y ahora mismo siento que no hay ni una sombra que me cobije»

La periodista y escritora catalana lleva toda su vida profesional y literaria dando voz a los excluidos, con un compromiso y una sensibilidad que nacen de sus propias raíces

Viene de Campotéjar, en Granada, de donde son sus padres, y llega a la ciudad donde nació hace 56 años. Es de Barcelona, evidentemente, pero estos días, y este viaje, la han hecho del origen otra vez, como si tuviera las manos aún oliendo a aceitunas. Lleva su maleta chica, de viajar y regresar en distancias cortas, pero a ella la han llevado de un sitio para otro las obligaciones de un oficio, el de periodista, del que apenas se hablará en esta entrevista.

Ha sido corresponsal en varios países del mundo para El Periódico de Catalunya, donde ahora es una importante colaboradora, como lo es también de El Periódico de España y por ello de todos los diarios de Prensa Ibérica. Pero es, casi en silencio, una de las más importantes novelistas españolas, no sólo de su generación. Sus libros se leen como ejemplo de maestría, pero también de un compromiso, el de contar los huecos que la vida ha dejado en la existencia de los desfavorecidos.

En ese sentido, su última novela, La forastera, es un ejemplo muy principal de cómo no es necesario alzar la voz, es decir, impostarla, para contar la metáfora de cómo el capitalismo ha ahogado a los desfavorecidos.

Esta mujer que llega con sus bártulos al calor de Barcelona y se sienta ante el periodista es Olga Merino. Viene cansada del trayecto en avión, emocionada del viaje que hizo a visitar a su madre y rendir tributo a los antepasados que ya son memoria de los cementerios y de su vida.

Como en sus libros, este La forastera, pero también en Cenizas Rojas, Espuelas de papel, Perros que ladran en silencio y hasta en Cinco inviernos, que recoge el ramillete de dramas y alegrías de su corresponsalía en Rusia, ella habla como si no hubiera adjetivos. Sus sustantivos, como en Hemingway, van poniendo el acento en lo que le preocupa y en lo que recuerda. A veces su timidez le tapa la cara, o baja los ojos hacia su ropa, y se comporta al término como una muchacha que, habiendo conocido, como aquel personaje del citado Hemingway, “la angustia y el dolor, pero no estuvo triste una mañana”, se ha empeñado en contar lo que a los otros concierne. Como es natural, en esta oportunidad el periodista no tuvo más remedio que preguntarle por lo que fue su infancia, ese bello monstruo que persigue a todo el mundo.

P. ¿Qué postales le manda a usted la infancia?

R. No tuve una infancia excesivamente feliz. Tampoco hubo traumas, eh, pero era una niña constantemente asustada, con miedos… Pero recuerdo mucho mi fascinación por las palabras. Enseguida supe que ese era mi mundo: cómo las letras se juntaban para dar un significado. Además, recuerdo exactamente el momento en que aprendí a leer, cómo se me atascaban las sílabas y las desatascaba y así fui aprendiendo a leer. Lo que me daba rabia es que muchas veces me confundían con un chico. Llevaba el pelo muy corto y yo estaba siempre aclarando que no era un niño.

P. ¿Cómo eran sus padres?

R. Humildes, sin estudios. Mi madre nació en un pueblo de Sevilla pero se crio en un pueblo de Granada, es una enorme narradora oral, una mujer muy cariñosa. Pero yo siempre la recuerdo triste. Por circunstancias que ahora no voy a contar, claro. En su tierra hay muchos curanderos y eso. Acabamos de ir a un santero de su pueblo y, al entrar, le dijo que estaba muy bien acompañada por sus muertos, por sus padres y por sus abuelos. Pero… a ver: últimamente le estoy notando a mi madre cosas que no me gustan, creo que la tengo que llevar a un neurólogo. Se le olvidan muchas cosas.

P. La vi allí, en una foto, limpiando una tumba.

R. Sí. La tumba de mis bisabuelos… Es el núcleo de la familia y hay que ir.

«Me interesa el no papel de mi generación. La precedente, la tuya, es la de gente muy potente intelectual, política, socialmente y… parece que nosotros ya no hacíamos falta»

P. ¿Qué produce en usted el regreso a ese lugar?

R. Lo he explorado mucho: es el intento de cerrar un ciclo. Yo siempre he estado como escindida. Yo he nacido en Cataluña, pero los paisajes y la historia de mi familia me llaman mucho. Ahora que he llevado a mi madre la he visto cómo se ha despedido de su paisaje, un paisaje que yo he explorado bastante en mis libros. Me interesa el no papel de mi generación. La teoría que tengo es que la generación precedente, la tuya, es la de gente muy potente intelectual, política socialmente y… parece que nosotros ya no hacíamos falta. Muchos de mi generación no hemos estado en la lucha política como vosotros simplemente porque no hizo falta. Ya os habíais encargado vosotros. Bueno, tal vez mi generación ha aportado la libertad sexual…

Merino, el día de la entrevista en Barcelona. | Elisenda Pons

P. ¿Cómo ha ido construyendo su voz literaria al margen de la voz que le ha dado el periodismo?

R. Yo creo que eso todavía no lo he resuelto bien. Me ha importado tanto la escritura que a veces creo que podría haber escrito más, haber tenido más seguridad en mí misma. No creo que haya sido una gran periodista y sé que los libros han sido mi pasión. Pero creo que podría haber hecho mucho más.

P. En este libro he visto una especie de sed civil de justicia a favor de los perdedores. ¿Cómo llega a usted esa reivindicación?

R. Desde muy jovencita he tenido el sentido de justicia. Ahora venía acordándome de que un día mi abuela vio a un vagabundo que buscaba comida en la basura y ella fue y le dio un bocadillo. A mí me educaron con ese tipo de principios. En cuestiones políticas pues… siempre he sido de izquierdas. Aunque, bueno, ahora mismo siento que no hay ni una sombra que me cobije.

P. ¿Eso qué significa?

R. Pues una gran decepción. Pero sucede aquí y en toda Europa, eh: la izquierda no está dando respuestas a problemas concretos. Es que es muy compleja la realidad, también es verdad.

P. ¿Y la derecha?

R. ¡Qué horror, qué horror! Mira a Vox, no cabe en mi cabeza. Es tremendo.

P. Se ha dicho que su novela asemeja a un ‘western’, en el que siempre hay gente huyendo de los malos…

R. Sí. Pero fíjate que cuando yo me puse a escribir no era muy consciente de eso. Pero mi primer lector, que es un tío estupendo, Jorge Manzanilla, corrector en la agencia Balcells, es el mismo que también lee primero a Vargas Llosa, se dio cuenta de eso. Y te pones a mirar y… sí, es así. Ahí está el territorio, la ley, el peso del paisaje y la gente dividida. Como en un western.

P. La sociedad de hoy es una sociedad cercada y parece que no hay escapatoria.

R. Es que ves las noticias y… piensas que no hay salida. Lo de la ecología es pavoroso. El primo de mi madre me decía que este año la cosecha de aceituna va a ser catastrófica. Lo del agua también da miedo. La política y la manipulación, también. La guerra extraña entre Ucrania y Rusia… ¡uf! O sea: tú ves las noticias y te llenas de pesimismo.

P. ¿El argumento de su novela está basado en cosas que escuchó a lo largo del tiempo?

R. No exactamente. Pero sí que es verdad que en el campo hay cosas que están muy presentes: el sentido de propiedad, dejarse de hablar por peleas familiares, esas cosas. Pero no puedo decir que sean cosas, todas, que yo haya visto. Lo de la Guerra Civil lo he oído mucho. Lo del franquismo también. Y que hoy siga habiendo cadáveres en las cunetas, pues… para mí eso no es de recibo. Luego dicen: ya están los rojos recordando y no sé qué. ¡Es que eso es tan básico para mí! A ver: hubo desmanes por parte de los dos bandos, pero se sabe que la violencia del bando franquista fue científicamente diseñada para exterminar. Es alucinante. La represión fue bestial en el campo, bestial. Y los discursos: “¡Se van a enterar!” Madre mía.

P. Cuando escribe “las casas tienen memoria”, ¿qué quiere decir exactamente?

R. Que para mí los espacios son determinantes, que se impregnan de las personas que viven en ellos.

«Aparte de los achaques que uno va teniendo, lo más significativo de hacerse mayor es la pérdida de las ilusiones»

P. También escribe: “No sé si soy la misma mujer.”

R. Sí. Vamos cambiando, ¿no? Por suerte o por desgracia, pero es así. Aparte de los achaques que uno va teniendo, lo más significativo de hacerse mayor es la pérdida de las ilusiones.

P. Otra frase de su novela: “Puede uno morirse de soledad.”

R. No. Es una frase poética, pero no. Uno no se muere de soledad.

P. ¿Hasta qué punto está usted en este libro?

R. Estoy bastante. No sólo en la protagonista, también en el pintor, en su pasión por la creación artística. Me da miedo la mirada del otro ante el que se sale de la norma, cómo se mira la enfermedad mental… A mí se me solapó una enfermedad que yo creo que me causó el embarazo, un síndrome con el que te vas quedando paralítico. Lo que fue un shock para mí cuando me iba paralizando, con dolores tremendos, era que llegaba al hospital, decía que estaba preñada y me decían: “Ah, no tiene nada, no tiene nada”. Y eso me marcó muchísimo. Porque sentía que me decían: “¡Estás loca!”

P. Hay muchas metáforas aquí, ¿no?

R. Sí. Con el tiempo creo que he ido puliendo las metáforas en mi escritura, pero sí: todavía hay bastantes. Tengo que pulir más.

«La vida es violenta. Es dura. En los pueblos hay mucha gente amputada, ¿sabes? A uno le falta un dedo, a otro una pierna… A lo mejor por alguna situación violenta y no necesariamente por el trabajo en el campo»

P. Hay muchas evocaciones de la violencia, también.

R. La vida es violenta. Es dura. En los pueblos hay mucha gente amputada, ¿sabes? A uno le falta un dedo, a otro una pierna… A lo mejor por alguna situación violenta y no necesariamente por el trabajo en el campo.

P. Hay muchos personajes raros aquí, en esta novela. ¿Dónde los ha visto?

R. En este país. Aquí salir del armario, por ejemplo, es un drama. O el que fracasa en algo, uf, pobre, la que le espera. Y así la gente se va recluyendo y luego les dicen raros. El mundo es codicioso y violento. Es así. Ahí tienes la guerra en Ucrania, tan rara también.

P. Usted ha sido corresponsal en varios lugares. ¿Esa experiencia, por ejemplo, le ha ayudado a entender a Rusia?

R. Sí. Demasiado. Incluso estos días me he sentido incómoda: Putin es un hijo de puta, pero intentas explicar las cosas y te sientes incómoda. Que la OTAN quiera acercarse tanto a Rusia es una ofensa para ellos. Da la impresión que lo que quieren es desmontar lo que queda del Imperio ruso. Pero eso es algo que me duele, Juan, y prefiero no hablar. También por eso ya casi ni miro las noticias.     

P. ¿De dónde le viene la sensibilidad que muestra sobre todo lo que ocurre?

R. Pues… es que es algo necesario. La sensibilidad es necesaria siempre. Como ser humano. Y como periodista. El periodismo ahora se está transformando, pero supongo que la esencia del oficio, esa sensibilidad, permanecerá. Yo soy una persona muy sensible, con mucha empatía, y quería una manera de canalizar eso. Por eso elegí el periodismo, para interesarme por lo que pasa y tratar de ir más allá. Pero es que he visto a más gente así, eh. A Rosa María Calaf, por ejemplo. A Martí Gómez. A Vázquez Montalbán.

La periodista, durante sus años de corresponsal en Moscú. | Cedida

P. ¿Y cómo es que todo lo que ha visto no la ha convertido en cínica?

R. Igual lo soy un poco. No lo sé. Es que siempre me he sentido alguien fuera de… Yo entré al periodismo siendo correctora. Acuérdate que había una sección de edición, rodeados por diccionarios. Recuerdo que hacíamos un cónclave para ver si dejábamos un gerundio en una crónica o no. Bueno, luego me gané una beca para ir al Reino Unido y a la vuelta ingresé en la sección de Internacional y me mandaron a la Rusia en descomposición. Luego estuve en Política, en Sociedad… Así, dando tumbos, sin encontrar bien mi lugar. Pero he disfrutado muchísimo. Por eso me gusta el título de este libro, me gusta la palabra forastera. Pero, mira, creo que he perdido mucho tiempo.

P. La protagonista del libro lucha por la felicidad. ¿Qué es para usted la felicidad?

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R. La felicidad está sobrevalorada. ¿Dónde está escrito que tengamos que ser felices? Pero, bueno, para mí la felicidad es la tranquilidad espiritual. Es tener amigos. Es conversar. Es tener libros. Es tener la cabeza clara. Yo creo que esa es la felicidad.