Mark Vonnegut: «Escribí sobre mi locura como si estuviera en un bosque perdido»

Mark Vonnegut: «Escribí sobre mi locura como si estuviera en un bosque perdido»

El hijo de Kurt Vonnegut, escritor como su padre además de pediatra, publica un libro de memorias sobre el viaje a la locura que vivió en los años 60 a consecuencia del consumo de alucinógenos.

Es tan hipnótico el libro que ha escrito Mark Vonnegut sobre su camino hacia la locura, marcado por alucinógenos con los que creyó, como muchos de los hippies de los años setenta, hallar al fin la felicidad, que su escritura parece hecha ahora mismo, que acaba de recuperarse de su alucinación y que te vas a encontrar con él tal como salió de sus reclusiones. Pero han pasado más de cuarenta años, y la memoria que contiene su confesión, Expreso al Paraíso. Memoria de una locura, que acaba de ser reeditado en España por Libros del Kultrum, apareció por primera vez en 1975, se reeditó en 2002 con un prólogo del padre del autor, el escritor Kurt Vonnegut, y ahora llega a las librerías con la frescura al que aludía el principio de esta presentación: como si todo aquello que al fin fue el principio de una locura infinita estuviera afectando aún a los que creen, como creyó Mark, que la droga psicodélica era el trayecto más propicio para la risa, cuando en realidad fue la vía de un drama que al fin contuvo sobre todo lágrimas. Esta entrevista con Mark Vonnegut, de 74 años, ahora dedicado a la pediatría en Estados Unidos, se hizo por Zoom.

P. Mark, ha escrito un libro muy conmovedor. ¿Cómo se sintió al terminar esta historia sobre sí mismo?

R. Mientras lo escribía sentía que me había ayudado a mí mismo y a otras personas a comprender y asumir la enfermedad mental y la contracultura, que parecían ir de la mano. La gente tendía a pensar que la contracultura era una locura y que la locura dio pie a la contracultura. Y fui capaz de verlas como cosas separadas que afectaron profundamente a mi vida. Así que cuando terminé el libro pensé que había completado algo.

P. Mientras lo escribía obviamente estaba cuerdo, con muchos recuerdos, muy factuales. ¿Es por la enfermedad?

R. Sí, creo que sí. Era tan nuevo que era como si estuviera en un bosque perdido, y dejaba todo el rato señales para encontrar el camino de regreso a la cordura. La sensación de novedad de los sentimientos, y la sensación de que el mundo había cambiado era tan grande, que iba registrando con mucho cuidado todo lo que debía recordar.

P. ¿Esa memoria sigue funcionando?

R. Sí. Sigo teniendo recuerdos muy vívidos de aquella época. Y de llegar al hospital, de darme cuenta de dónde estaba… Recuerdo muchos momentos. Pasó hace mucho tiempo. 50 años.

P. Impresiona cómo se comportaba, siempre sin remordimiento, o eso me parece, aunque la gente le enfadara usted la bendecía… ¿Cree que eso está en su naturaleza, que usted es buena persona?

R. He sido una persona muy afortunada. Creo que por el idealismo de mis padres y porque me educaron para ser un optimista y sí, asumo que la gente es buena mientras no se demuestre lo contrario. Y también, por mala que sea la gente, por muchos defectos de carácter que tengan, he aprendido, como pediatra, que todo el mundo quiere ser un buen padre, lo consiga o no. Creo que la gente es buena.

P. Usted iba a aquella colonia en la Canadá británica para saborear la felicidad, y la felicidad resulta ser el inicio de la locura. ¿La felicidad era el destino equivocado? ¿Qué le pasó a la felicidad como destino?

R. Lo que estábamos haciendo también tenía un lado muy serio porque la cultura americana, la guerra… parecía que todo se desmoronaba y queríamos construirnos un refugio. Y además esperábamos tener un lugar a donde pudieran venir nuestras familias y amigos. De modo que lo que hacíamos tenía un lado serio. Sí, liberación, libertad, felicidad. Pero también había un aspecto muy serio, la necesidad de organizar una forma de vida alternativa. Pensábamos que las viejas formas no iban a sobrevivir.

Mark Vonnegut. |

P. En su autobiografía también hay una gran historia de amor. ¿Puede que la pérdida de esa historia de amor fuera un factor en su locura?

R. Yo creo que la enfermedad mental era una potencialidad que existía en mí genéticamente, pero sin duda la historia de amor… me sigue conmoviendo. Yo amaba a esa mujer y quería ser monógamo para siempre. Y ella era una veinteañera que intentaba encontrar su lugar en el mundo y me dijo: necesitas una mujer todo el tiempo, y yo no puedo ser esa mujer. Ahí está, esa es la historia de amor.

P. ¿Cómo se siente hoy acerca de esa historia de amor?

R. Fue muy dolorosa, pero creo que tuvo cierta belleza y simetría. Creo que ella tenía que seguir su camino y yo el mío. Pero el hecho de que intentáramos amarnos fue muy hermoso.

P. ¿Qué le empujó a ser el autor de una autobiografía tan dramática como esta?

R. Estaba tan sorprendido y tan en shock por lo que era en realidad la enfermedad mental. Yo era un joven bien educado, había trabajado en clínicas mentales y descubrir, en mi persona, que era una enfermedad y no un defecto moral, que no había a quién culpar, ni siquiera a mi cultura, esto me abrió los ojos. En tanto que persona bien educada, lo desconocía todo sobre la enfermedad mental. Comprender eso, y además, la contracultura, los hippies, lo que sea, que no estaban siendo bien entendidos. Me parecía que ahí había dos historias en paralelo y lo que intenté, lo mejor que pude, fue resolver para mí los paralelismos entre la contracultura y la locura. Intenté hacer eso para los demás también.

P. Al principio sentí que estaba contando la historia que podría haberle ocurrido a cualquiera de nosotros. ¿Por qué salió mal en un momento dado?

R. No creo que saliera mal. Creo que, sin duda, porque éramos jóvenes, éramos inocentes sobre muchas cosas. Pero no comprendíamos lo peligrosas y dañinas que son las drogas, no comprendíamos que nuestros padres y otras personas tenían cierta sabiduría que podía ser tenida en cuenta. Así que creo que si un grupo de gente de veinte, veintiún años, creen que están al mando, la situación va a ser inestable. Creo que si hubiéramos intentado crear comunidades que incluyeran adultos y no solo universitarios de veintipocos… Pero no sé si diría que salió mal. Diría más bien que chocamos contra la realidad y aprendimos ciertas cosas. Muchas cosas.

P. ¿Percibe que esa conciencia que tiene usted ahora está en la gente que tiene la edad que tenía usted entonces, cuando quería ser un buen hippy?

R. Sí. Creo que es muy desagradecida esta generación: ¡nosotros ya probamos que las drogas eran malas! Lo digo como broma, pero me asombra que los jóvenes tengan una relación tan laxa con las drogas y el alcohol. Hubiera esperado de ellos que aprendieran de nosotros y tuvieran más cuidado.

P. ¿Cuándo decidió que tenía que parar, que tenía que ser un buen hippy, pero curado?

R. Me fui dando cuenta de que el final de nuestra cultura, de nuestra economía, del mundo tal y como lo conocíamos, no estaba llegando. Entonces muchos de nosotros, también muchos adultos, creíamos sinceramente que la supervivencia de la civilización occidental y el capitalismo estaba en entredicho y se iba a terminar en poco tiempo. Así que lo que nos pasó a mucha gente de mi generación fue que nos entregamos a intentar cambiar el mundo y luego cuando el mundo no nos necesitó no éramos más que un grupo de veinteañeros sin trabajo. Así que me matriculé en medicina, otros amigos se hicieron profesores, otro estudió derecho… Creo que nuestra reacción ante el momento me pareció apropiada, pero al pasar unos años pareció claro que los tiempos no eran tan desesperados como habíamos creído.

P. Al leer su libro, recordando que está usted contando la historia después de su recuperación, pero le veo llorando, con tanto dolor, tan abandonado de sí mismo… sentí no lástima por usted, sino por generaciones de gente como usted.

R. La soledad y lo que yo veo cuidando de niños hoy, cómo sienten que nadie nunca ha sido como son ellos y se sienten aislados. La soledad y el aislamiento son la fuente de casi toda la infelicidad. Los chavales hoy, cuando se sienten solos y ansiosos, creen que son los únicos que se han sentido así. Desde luego yo pensaba que era la única persona que se había sentido nunca así.

P. ¿Se sintió, después de eso, en cualquier otro momento, igual de triste? ¿Ha tenido motivos para la tristeza, pero sin drogas ni locura?

R. Creo que nunca me he vuelto a sentir así de solo. Creo que posiblemente por lo que me pasó he valorado la conexión con la gente, el compañerismo. Aunque me siento de algún modo distinto, siempre he estado conectado con la gente y el mundo. Fui entrenador de fútbol de niños, y creo que mi actividad favorita ha sido enseñar a niños de 9, 10, 11 años, a jugar al fútbol. Siempre he formado parte de una comunidad, y me he comprometido, y eso lo sentí cuando estudiaba medicina, o cuando la practicaba, que era parte de algo más grande que yo.

P. ¿Cómo ve el mundo en comparación con cómo esperaba que fuera entonces? Porque ahora hay muchos asuntos que pueden volvernos locos.

R. Creo que la cultura en general está empezando a inclinarse hacia el autoritarismo, que era exactamente lo que nosotros decíamos. Decíamos: no tenemos que tener guerras solo porque nuestro gobierno las quiere. No tenemos que ser racistas porque nuestro gobierno lo sea. Así que había ese desafío a la autoridad. Y ahora hay una desafortunada tendencia por las personas no quieren ser individuos, todos quieren ser iguales y tener un líder que les diga cómo sentirse. Eso me entristece y me genera la esperanza de que volvamos a cambiar de dirección. Que no todos queramos ser lo mismo. Estoy triste y asustado por lo que está pasando.

P. ¿Piensas que estos tiempos puedan ser oportunos para revivir al buen hippie?

R. Sin duda. Y desde luego ese sentido de la individualidad. Creo que teníamos mejor música de la que tienen hoy. Teníamos mejor ropa, mejores fiestas, mejor música (risas). Y había una sensación de alegría, de positividad. Y es importante que en este país estén volviendo los sindicatos. Eso me da mucha esperanza de que volverá a haber gente defendiendo sus derechos y los de sus compañeros.

P. Hablamos de un país con un altísimo grado de civilización, pero donde hay gente que se presenta en las escuelas para matar, con armas que son fáciles de comprar. Y además tenían un presidente que intentó robar las elecciones y sigue en ello… ¿Qué le está pasando a la América que usted creía que los hippies podrían cambiar?

R. Es increíble para mí lo que ha pasado en América. Y sí, tenemos riqueza, pero más de la mitad de los niños viven en la pobreza, y eso es horrible, que los niños crezcan con hambre cuando somos ricos. Y miro el mundo y nunca pensé que vería algo como la guerra en Ucrania, pensé que los humanos nunca volverían a actuar así. Yo pensaba que muchas de las cosas que simbolizaban los hippies, como la no violencia, la tolerancia, que hubiera diferentes formas de ser mujer, de ser hombre, yo creía que eso eran cosas muy positivas que nosotros habíamos alcanzado y se quedarían. Pero ahora ver que volvemos a esto resulta muy doloroso.

P. Pero en aquellos tiempos en los que era primero hippie y luego loco, tenían la guerra de Vietnam que era una locura mayor que la suya…

R. Una de las cosas que intento decir es sí, el mundo está loco, pero no es eso lo que vuelve loca a la gente. La enfermedad mental no genera la guerra y la guerra no genera enfermedad mental. Mi padre pasó por cosas horribles en la segunda guerra mundial, pero las dos cosas son diferentes: puedes estar bien y ser una persona feliz en un mundo que no está bien y que es desgraciado.

P. Usted ha hecho un largo camino hacia la felicidad. Y fue hasta el fin del mundo para ser feliz, usted y sus amigos. ¿Ya no es necesario ir tan lejos para ser feliz?

R. La felicidad es donde estés. Puedes tener la sensación de hermandad y propósito, todos están disponibles donde estés, no hace falta cruzar un continente y alejarse tanto. Eso resume lo que he aprendido en los últimos cuarenta años: la felicidad está donde tú estés.

Mark Vonnegut. |

P. Leyendo su libro anoté una cosa sobre la dificultad de vivir en lugares felices.

R. Sí, la comuna era una olla a presión: no podías irte al cine, no podías salir con otros amigos… Estábamos unas cuantas personas y teníamos que tratar con nosotros mismos. Y aprendes mucho sobre ti mismo en esa situación, pero no siempre es agradable. La gente no está de acuerdo, pero se tiene que aguantar con el otro en el mismo espacio.

P. ¿Ha tenido razones para llorar o reír como aquellos años?

R. Sí. Me he convertido en lo que llamamos un llorón: cuando veo películas, o cuando le pasa algo a un amigo o me acuerdo de algo. A medida que me hago mayor soy mucho más emocional, para bien y para mal. Tengo perros, que me hacen muy muy feliz, y a veces no. Diría que soy más emocional que cuando era joven.

P. ¿Usted se ha sentido una víctima de los tiempos? ¿Cree que hubo más víctimas, usted las conoce, se han recuperado? Personas que se sintieron dolidas como los veteranos del Vietnam.

R. Creo que una de las cosas más paralizantes que te pueden pasar es sentirte una víctima. Es una enfermedad espiritual. La mayor parte de la gente con la que yo he mantenido el contacto les ha ido bien. La mayor parte de la gente que estaba en la comuna volvió a estudiar o encontraron su camino. Algunos no. Tengo un amigo que ha muerto hace poco que estuvo en una clínica mental la mayor parte de su vida y fue muy, muy triste. Intenté ayudarle. Pero creo que la mayoría de la gente que yo conocí, que eran muy idealistas y menos aficionados a las drogas, a esos les ha ido bien.

P. Tuvo, entrando y saliendo de su enfermedad, una relación frecuente con su padre. ¿Cómo fue esa relación después de su recuperación?

R. Siguió siendo. Es un hombre muy interesante. Ha sido muy interesante ser su hijo. En la mayor parte de las cosas estamos de acuerdo. Pero él no tiene trastorno bipolar. Él sufrió mucho en la Segunda Guerra Mundial y ha tenido depresión, problemas de alcoholismo, síndrome de estrés postraumático, pero era muy diferente a los problemas que tuve yo. Tuvo muchísima empatía conmigo y siempre vino a verme y yo sentía de verdad que él quería que me fuera bien.

P. Dígame una persona de la que nunca se ha olvidado de aquellos tiempos.

R. Estábamos todos juntos. Creo que parte de mis conversaciones con Dios, o con lo que sea, es que la convicción imperturbable que yo tenía es que todos los hombres somos hermanos.

P. ¿Cómo es ahora su conversación con ellos?

R. Tengo conversaciones íntimas. Tengo un grupo de amigos con los que hemos decidido hacer una vez al mes una reunión por zoom. Y es maravilloso. Uno de los compañeros de la comuna tiene una hija con una severa enfermedad mental, y he podido ayudarles, espero, con comprensión y recomendaciones. Sí, yo diría que las amistades han cambiado, pero nos sigue gustando vernos y conversar. Les miro y digo: ¿y tu pelo? Y ellos me dices; ¿y tú cuándo perdiste el pelo? Cuando nos conocíamos teníamos 18, 19 años y no teníamos ni idea de lo sanos y fuertes que éramos. Ahora intento levantar cualquier cosa y pesa demasiado.

¿Cree que parte de esa experiencia fue buena? ¿Qué parte?

Sí, para ser abierto de mente, ser capaz de aceptar cosas y personas diferentes. Creo que en algunos aspectos éramos demasiado abiertos de mente. Creo que éramos demasiado abiertos de mente para las drogas y demasiado abiertos de mente para gente como Charlie Manson y demás psicópatas. No teníamos ni idea de los peligrosas y dañinas que eran algunas personas. Pero sí creo que ser capaces de ser un hombre sin ser un macho, de ser una mujer sin lacitos… Nos abrimos. También en relación con la raza, o la pobreza… Muchos de esos ideales siguen vivos. Y espero que todo el mundo ahora sea un poco hippie.

P. A lo mejor esa historia de Charles Manson [la secta que asesinó a la actriz Sharon Tate y a otros] les abrió los ojos a mucha gente de su generación, y a la mía… ¿cómo sintió que esa situación afectaba la salud de los hippies?

R. Fue una llamada de atención de que no todo el mundo con el pelo largo era benigno. Como le digo, éramos demasiado abiertos de mente. Teníamos la mente tan abierta que el cerebro se nos caía a veces. Una cosa tan real, y tan horrible, y algunas otras cosas violentas que sucedieron nos hicieron decir: no somos puros. No vivimos en un mundo en el todo vaya a salir bien.

P. ¿Mark, a qué se dedica ahora?

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R. Soy pediatra. Cuido de los niños y ayudo a los padres a ser los mejores padres que puedan ser. Tengo cinco nietos. Los adoro. Especialmente cuando se portan mal y vuelven locos a mis hijos. Es hermosísimo de ver. Verles volverse locos y poder decirles: yo era peor.

Expreso al paraíso -memoria de una locura- |

‘Expreso al paraíso (Memoria de una locura)’

Autor: Mark Vonnegut

Editorial: Libros de Kultrum

384 páginas. 20 euros

Mark Vonnegut

Estoy muy contento y agradecido por que The Eden Express se traduzca al español. Me ha dado la oportunidad de recordar las cosas que sucedían entonces.

Los hechos descritos en este libro ocurrieron hace muchos años. Lo que entonces se llamaba la contracultura, los hippies y las comunas, se convirtieron casi en un cliché sobre el hedonismo, las drogas, el sexo y el rock and roll: nos colocábamos, abandonábamos los estudios y nos pusimos a vivir de forma colectiva para divertirnos. Éramos tan tontos y tan ingenuos en relación con el alcohol, las drogas, la política, las relaciones sentimentales, el sexo y todo lo demás, pero teníamos que enfrentarnos a una urgencia y a una violencia que hoy está en gran medida ausente, pero desgraciadamente parece que podría volver. A los estudiantes universitarios se les disparaba entonces, la violencia brutal contra manifestaciones pacíficas formaba parte de nuestra rutina.

La mayoría de nosotros éramos universitarios, de entornos privilegiados. Casi todos podríamos habernos cortado el pelo, afeitado, y seguido caminos más tradicionales y estudiado carreras normales. Pero decidimos en cambio rechazar la autoridad y el conformismo. Era más que el rechazo a la guerra. Nos juntamos para apoyarnos y protegernos los unos a los otros. En general todos los jóvenes funcionábamos desde la idea, compartida por muchos adultos, de que las cosas no podían seguir como hasta ahora. El egoísmo y el materialismo estaban en la raíz de la guerra, del racismo, de la pobreza y de otras muchas cosas injustas de las que ya no podíamos, en conciencia, formar parte. Renunciar a la riqueza personal y a los privilegios era una parte mucho más importante y más universal de «ser un hippie» que las drogas y el sexo.

No podíamos ser cómplices de la guerra. No nos sentíamos seguros. Sentíamos la necesidad de crear espacios a donde los amigos, la familia y las personas con ideas similares pudieran venir y estar a salvo. Montamos comunas para aprender a vivir en comunidad. Nos sorprendía y nos llenaba de gozo que las cosas salieran bien y, en general, las cosas salieron mejor de lo esperado

Si algún día quieres montar una comunidad intencional, sugiero que no todos sus integrantes sean universitarios de entre 18 y 22 años.  

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