Mari bajó al quiosco a por tabaco y unos helados y no regresó

Mari bajó al quiosco a por tabaco y unos helados y no regresó

Estaba nerviosa, asustada, los días previos a la desaparición | La Policía Nacional se hizo cargo de la investigación: «pese a lo que pensábamos, a mi madre la buscan viva», cuenta su hija

Eran las 13:00 horas cuando Mari salió de casa. Hacía unas semanas que había recibido el alta tras una fuerte depresión, pero llevaba un par de días algo más tranquila. Se encontraba bien, algo mejor. «Voy a comprar tabaco y unos helados», dijo antes de salir. Regresó, pero volvió a marcharse: «me los he dejado». No volvieron a verla más.

María Josefa Carnerero desapareció a plena de luz del día el 7 de julio de 2018, en el barrio de Contrueces, en Gijón. Su familia, alertada por si se había hecho daño a sí misma, salió a buscarla en tiempo récord. Nada llevó a ella. Cuatro años después sigue sin estar.

Mari en una foto del álbum familiar. | CASO ABIERTO

«La alarma saltó en seguida», revive hoy Jennifer, su hija. «Recuerdo que llegué a casa, pues había estado haciendo la compra y encontré a mi padre nervioso. Mi madre no estaba, no había vuelto. Hacía un rato que había bajado al quiosco».

La búsqueda arrancó de inmediato. «En media hora», reconstruye su hija. «Dimos una vuelta rápida por el barrio para ver si la veíamos y fuimos directamente a la Policía Nacional». La alerta se encendió también a nivel policial, «mi madre había tenido un intento de suicidio previo, todo pintaba mal».

«Alcantarillado, contenedores, ríos, matorrales… la busqué en todos los rincones, en todos. Cogí la sarna de los sitios en los que me metí»

María Josefa Carnerero, morena, 45 años. Viste mallas pitillo color negro, camisa de rayas y sandalias de leopardo. Antecedentes médicos: episodio de depresión. No toma medicación. Pusieron la denuncia, imprimieron los primeros carteles y llegaron los medios de comunicación. «Necesitábamos actuar rápido», recuerda, empapelaron con su cara la ciudad.

La búsqueda arrancó por la zona: Contrueces, Montevil y el parque de los Pericones (Gijón). Algunas voces aseguraron haberla visto caminando sola, sobre las cuatro de la tarde, desorientada. El rastreo se extendió: «alcantarillados, ríos, barrancos, contenedores, matorrales, fincas privadas… miramos en todos los sitios posibles». No hubo freno, límite ni excepción, «miramos en todos los sitios donde se podía o la podían haber tirado, en todos», afirma. «De hecho, tuve que estar en tratamiento porque de todos los sitios en donde me metí, cogí la sarna«. No hallaron ni a Mari -como la llaman los que la quieren- ni nada que arrojara pista alguna de su paradero. Intentaron reconstruir sus pasos, nunca han sabido cuáles dio.

Dos meses antes: depresión

«Los días previos mi madre estaba nerviosa, sí que es cierto que justo dos días antes se encontraba algo mejor… pero desde que salió del hospital hasta que desapareció no estaba bien». Unas semanas antes había ingresado en el hospital tras un intento de suicidio conjugando pastillas y alcohol. «Un día, de la noche a la mañana, empezó a sentirse muy mal, muy triste», recuerda su hija. «Mi padre al llegar a casa se la encontró medio muerta. Estuvo una semana en la UCI, la ingresaron en el Hospital de Jove (Gijón)».

Cuando se recuperó, regresó a casa. «Dijeron que no creían que fuera una persona con tendencias suicidas, que no iba a ser recurrente«, cuenta Jennifer. Hoy, lo tilda de error: «No la trataron. Al salir, nos indicaron que hiciéramos vida normal, que no la vigiláramos en exceso, que había sufrido un brote de estrés y ya».

El día de la desaparición de Mari, mientras su familia buscaba por la calle, recordó con pesar aquel parte médico. «Una persona se intenta quitar la vida hasta el punto de estar una semana debatiéndose entre la vida y la muerte… y el diagnóstico médico fue poco más que una mujer estresada. La medicación que le dieron fueron pastillas para dormir. Ni antidepresivos, ni control…». Sintieron miedo. En la mente de su hija, solo una idea: Mari había reincidido, «mi madre se había ido y se había intentado suicidar».

 Una botella de J&B

Las horas pasaban. No había rastro. También los días. La investigación permitió dibujar parte de la ruta, inicial, que Mari trazó. Las cámaras de seguridad dieron fe de que había ido al estanco. Compró tabaco, pero no helados, o al menos no está probado, pero sí se la registra en el súper comprando una botella de J&B. «Ella no bebe, no es alcohólica, pero repitió el patrón de su anterior intento de suicidio: alcohol y medicación», lamenta Jennifer. La idea se reforzó tras registrar la casa: «vimos que no estaba la medicación de mi padre, con la que la otra vez lo intentó».

La buscaron sin cese, «buscábamos su cuerpo» y, tras meses sin rastro, «no encontramos nada, ni si quiera la botella de J&B». Asumieron la ausencia, no sin dolor. El giro llegó de la mano de los investigadores, «desde el departamento de la UDEV de Policía Nacional -encargados del caso- me dijeron que la buscan viva». La hija de Mari se sorprendió. «Dijeron que, de haberse suicidado, ya habría aparecido, que puede estar por ahí perdida, ida, que se puede haber ido con alguien… que puede ser una desaparición voluntaria o no, pero que viva está«. Una hipótesis, entre varias, que alegra y asusta a partes iguales. La pregunta no cesa en casa de la mujer: «mamá, ¿dónde estás?».

La unidad canina de Policía Nacional rastreó fincas cercanas al domicilio de Mari. | La unidad canina rastreó fincas cercanas al domicilio de Mari.

Se batieron varios kilómetros a la redonda. Lo hicieron familiares, voluntarios y agentes. No se encontró indicio ni hallazgo de la mujer. El móvil de Mari, en casa, se examinó con rigor. No había mensajes ni búsquedas extrañas. «¿Mi madre, para matarse, se escondió tan bien que no aparece por ningún lado? En verano, a plena luz del día, que hay gente caminando, haciendo deporte…» Las dudas son todas. El tiempo no ayuda, pesa más.

«No comía, temblaba, lloraba, no me miraba a la cara, no daba besos, no abrazaba… Tenía urgencia de desaparecer», explica su hija

«¿Quién? ¿Qué? ¿Por qué?», Jennifer retrocede una y otra vez a aquel mes de julio de 2018. «Desde que ingresó, decía que nos iba a pasar algo, que era su culpa, pero no decía qué ni porqué». Lo asociaron a la depresión, sentimientos irracionales, infundados, «pensábamos que en su cabeza algo estaba ocurriendo», lamenta su hija, «que era una paranoia, algo que se imaginaba ella«.

Ahora, duda en si su madre salió con la idea reincidente de quitarse la vida o alguien se la llevó. «A ver si hizo algo que no debía, o la amenazaron con hacerme algo a mí, a mi padre… No sabemos si le ocurrió algo, si hizo algo sin querer. Estaba nerviosa desde que salió del hospital. No comía, temblaba, lloraba, no me miraba a la cara, no daba besos, no abrazaba… Tenía urgencia de desaparecer«.

Más fotografías de Mari del álbum familiar. A la derecha, varias instantáneas con su hija, Jennifer. | CASO ABIERTO

Mari: madre y amiga, confidente, compañera, «íbamos a todo juntas». Ahora no está. Su hija camina buscándola. Estudia, trabaja y sigue adelante, «ella se sentiría orgullosa». No hay día que no la piense. Busca a su madre, y arropa a su padre, » yo continúo como puedo, pero a él la vida se le paró».

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No sabe qué o quién se la llevo aquel 7 de julio, «si fue su mente, si fue un tercero…». Jennifer lanza un ruego: «si alguien sabe algo, por favor, que no los diga». Por si acaso, le habla a ella: «mamá, si nos lees, solo dinos que estás bien».