«Los cordones sanitarios son solo soluciones a corto plazo»

Para explicar el auge del populismo, Andrés Rodríguez-Pose recurre a las tragedias shakesperianas y a su experiencia personal. Las venganzas, dice el catedrático de Geografía Económica del London School of Economics, no vienen de los que nunca han tenido nada para añadir que tras la globalización en Reino Unido hay más empleos que antes. «Se han generado 1,2 millones de empleos en el sector servicios en Londres para gente como yo, pero se han destruido un millón industriales en el norte de Inglaterra», señala.

Rodríguez-Pose visita Valencia para participar, dirigir y moderar el Foro Cañada Blanch 2022, organización que dirige desde septiembre de 2020 relevando al historiador Paul Preston. La jornada, bajo el título de ‘Populismo y el aumento del descontento en la era del COVID’, quema en la actualidad, celebrada semanas después de un resultado histórico de Marine Le Pen en Francia o la entrada en el primer gobierno autonómico de Vox y su auge en las encuestas. La búsqueda de porqués a este crecimiento se entrecruza con las respuestas del dónde.

«El principal caladero de los partidos populistas, especialmente los de extrema derecha, son las zonas rurales y las ciudades pequeñas y medianas, zonas que llevan tiempo en declive perdiendo no solo riqueza sino también población», desgrana el académico. Esto explica, en su opinión, que la principal teoría del auge de estos movimientos está «ligada a problemas económicos», especialmente «aquellos que llevan una caída «prolongada». «No es de hace cinco años, es a largo plazo», insiste.

«La política ahora es un círculo con dos niveles: estar a favor del sistema o estar en contra»

Es el voto de la «rabia», el «antisistema«, el de esa «venganza shakesperiana» de territorios que ven los últimos años como una derrota mientras otras regiones crecen. En este punto, matiza basándose en la «definición básica de populismo»: «Puede ser de muchos tipos, también de extrema derecha y de extrema izquierda» y desgrana que frente a la «visión tradicional de la política como un hilo, con izquierda, derecha y un centro, me inclino más por una visión como un círculo con dos opciones: estar a favor del sistema surgido de la II Guerra Mundial y que ha traído la mayor etapa de crecimiento y estabilidad o contra el sistema al considerar que solo beneficia a unas élites».

A los problemas económicos como instigadores de este crecimiento se le añade la teoría de que es la «guerra cultural» la que impulsa al populismo de extrema derecha. «Hay quien liga este crecimiento con un sentido identitario, los que dicen que se sienten extranjeros en su propio país, lo cual es un contrasentido porque la mayoría de movimientos populistas se dan donde hay menos mezcla», explica Rodríguez-Pose y enumera ejemplos: Londres, con mayores tasas de inmigración, votó abrumadoramente ‘No’ al Brexit o Trump arrasó en las zonas donde solo había personas blancas.

«Por supervivencia hay partidos que han ido adoptando parte del discurso de la extrema derecha y se han vuelto irreconocibles»

«El voto populista a veces es un voto basado en realidades, pero en muchas ocasiones es cuestión de percepción. En ese odio al diferente del populismo de extrema derecha el voto está ligado a la percepción y pensar que el país ha cambiado o que antes se vivía mejor, pero es falso«, asegura el catedrático quien cree, no obstante, que pese a «estar mucho mejor que en los años 80 y 90» se da una sensación de «estar relativamente parados en ese crecimiento que antes era mayor».

Otro asunto es de dónde venían estos votantes antes. «Hay mucha discusión sobre si existe un trasvase entre dos fuerzas populistas de signo contrario, de momento, por ejemplo, en el caso último de Marine Le Pen, vemos que hay un mayor trasvase de la derecha tradicional, pero sí que se observa que los antiguos bastiones del Partido Comunista francés hoy lo son de Reagrupamiento Nacional», detalla Rodríguez-Pose.

De hecho, el crecimiento de estas formaciones ha supuesto «la explosión del sistema tradicional de partidos». El director del Centro Cañada Blanch asegura que en muchos casos esto ha supuesto la práctica desaparición de los partidos clásicos o su escoramiento hacia los planteamientos populistas. «Por supervivencia hay quienes han ido adoptando parte del discurso y algunos son prácticamente irreconocibles», expresa el catedrático quien pone de ejemplo que cuando en el 2000 se eligió a George Bush hijo «se creía que era un extremista radical, pero hoy se vería como moderado comparado con Trump».

Entonces aparecen los pactos y los llamados cordones sanitarios que no acaban de convencer a Rodríguez-Pose como respuesta definitiva. «Los cordones sanitarios son soluciones solo a corto plazo, para solucionar los problemas hay que solucionar las raíces del descontento», explica, aunque esto cambia según se considere el motivo que ha llevado al auge de estos movimientos.

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«Si consideras que es un problema identitario las soluciones son muy difíciles, pero si consideras que es un problema económico hay dos acciones: fomentar las oportunidades donde se han perdido desde hace tiempo y dar los servicios públicos adecuados», detalla el economista quien sentencia: «Una parte del diagnóstico de los movimientos populistas puede ser más o menos certero, pero las soluciones que proponen van a empeorar. Trump no solucionó nada y fue una amenaza para la democracia»

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