Las familias españolas de acogida, desesperadas por traer a niños ucranianos

Las familias españolas de acogida, desesperadas por traer a niños ucranianos

Pavlo, de 9 años, pasó las Navidades con su familia de acogida en Plasencia. Ahora, permanece escondido en el sótano de la casa de sus abuelos, en un pueblo al norte de Kiev tomado por los rusos y «sin poder entrar ni salir». «Está en una casa con sus hermanos y hermanas, otros niños y mujeres embarazadas. Con los cristales rotos, casi sin luz, porque se la cortan, con mucho frío y se les está acabando la comida».

Es lo último que sabe de él su madre de acogida, Guadalupe Campos; es lo que su madre biológica le contó el pasado viernes. Desde entonces no ha podido hablar con ella, ni sabe nada de Pavlo, aunque estaba pendiente de hablar ayer con ella, pero tampoco sabe cómo porque «no tienen teléfono, ni redes sociales».

Guadalupe está «moviendo cielo y tierra» para traer a Pavlo a Plasencia, pero también a sus hermanas y hermanos, y a su madre biológica, «si quiere». «Antes de la guerra decía que a ella no la iban a mover de su casa, pero no se nos pasaba por la cabeza que esto iba a ocurrir».

En su misma situación está otra familia placentina que acogió por primera vez a una niña ucraniana en Navidad y ahora «no sabe nada de la niña, ni cómo están ni nada»; también, otras dos familias, de Plasencia y Cabezuela del Valle, que en verano iban a acoger a dos hermanas de Pavlo. Todas a través de la asociación Infancia de NAD, que tiene otras dos familias de acogida, una en Badajoz y otra en Mérida.

Quieren traerlos a todos a la región, pero Guadalupe reconoce con preocupación que, de momento, «no pueden salir y las noticias son cada vez peores». «Hasta que no halla un alto el fuego y se abra un corredor humanitario no vamos a poder sacarles porque es imposible entrar ni salir·.

Mientras tanto, están intentando conseguir fondos para costear su viaje. Guadalupe explica que la asociación, que funciona a nivel nacional y tiene la sede central en Valencia, no recibe ayudas. «Todos los gastos los cubrimos nosotros, pero no tenemos suficiente para traer a los niños y sus familias». Por eso, quieren organizar algún evento y reunir dinero. A pesar de todos los obstáculos, está convencida: «Los vamos a rescatar».

Aparentemente más fácil lo tiene la familia de Maryan, un joven que cumple este mes 18 años y que, de haber estado en Ucrania, posiblemente habría terminado en la reserva, como sus hermanos mayores. Pero vive con Antonio Merino y Margarita Pardo en Plasencia desde los ocho años.

Aún así, poco le ha faltado porque estuvo por última vez en su país con su familia biológica en Navidades, «después de mucho tiempo sin verles debido al covid», y regresó el pasado enero.

Él está a salvo, pero su familia todavía no y, junto la de acogida, está viviendo momentos de mucha preocupación. «Esta noche se ha levantado a las cuatro y media de la madrugada, no podía dormir, aunque me ha dicho que se levantaba a estudiar».

Lo cuenta Antonio, que estuvo ayer buscando un vuelo para poder traer a Plasencia a una hermana mayor con dos hijos de ocho y nueve años y a otro hermano con 14 años. Su madre ha decidido quedarse junto a su padre y otros tres hermanos que tienen entre 20 y 30 años y no podían salir del país porque todos los hombres mayores de 18 están llamados a filas. De todas formas, tampoco querían salir, querían luchar por su país, «están dispuestos a todo lo que haya que hacer».

«Su padre tiene 54 años, era reservista y ya se ha alistado y está haciendo labores de vigilancia de puentes a la vez que trabaja en el ferrocarril. Sus hermanos no tienen conocimientos de armas, pero están en la reserva».

Mientras, la otra parte de la familia había pasado ayer a Polonia y estaba camino de Varsovia. «Pudimos contactar con gente en la frontera que hacía transporte gratis para los refugiados y así han salido».

Esperarán al vuelo que contrate Antonio, que subraya lo mucho que han subido los precios, pero pagará lo que sea necesario para que puedan reencontrase con Maryan.

Espera que hoy o mañana ya estén en su casa y entonces afrontarán la segunda parte, «cómo ayudarles porque vienen con una mochila». Antonio explica que tendrán que buscarle trabajo a su hermana y ropa y calzado a los niños.

Al menos han podido comunicarse con ellos: «Lo que cuentan no es lo que vemos. Ucrania dice que hay pocas víctimas, pero están cayendo como chinches».

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Por eso anima a acoger a refugiados y destaca que los ucranianos son «gente muy buena y especialmente trabajadora».

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