En el Tour sin gregarios no hay paraíso

Mientras a los gregarios de Vingegaard, les queden fuerzas para impedir que Pogacar dinamite el Tour, será complicado, por muy buenos ayudantes que tenga, que recupere ese jersey amarillo

Un buen gregario se puede retirar hasta la jubilación el día que cuelga la bici

Hace muchos, muchos años, cuando el Tour llegaba a los televisores en blanco y negro y se sufría con Luis Ocaña, quien igual triunfaba a lo grande o se dejaba una minutada de la manera más inesperada, a los gregarios los llamaban domésticos.

Eran los forzados de la ruta, como un día bautizó a los ciclistas Albert Londres, el primer gran cronista de ciclismo entre las dos guerras mundiales, que no valían para líderes y que se ganaban la vida, al menos entre los 20 y los 30 años, subiendo bidones, haciendo llegar las consignas del director cuando no había ‘pinganillos’ y animando a los compañeros a la hora de la cena o cuando se ponían tibios a espaguetis en unos desayunos de calorías tremendas.

Cuando valen el precio en oro

Hoy, todo ha cambiado. Un buen gregario se puede retirar hasta la jubilación el día que cuelga la bici. Los gregarios buenos, buenos valen su precio en oro. Entrenan como los líderes, son capaces de llevar a un pelotón a 40 por hora tirando al menos 20 kilómetros. Y, los que más valen, como Seep Kuss, prefieren ejercer de gregarios en un equipo ‘top’ que ser los líderes naturales en una escuadra del montón.

Los gregarios son la clase media del pelotón. Pero cuando un equipo se queda sin clase media, y no es necesario escribir el nombre de ninguno de ellos, aunque resulte conocido, sufre hasta el infinito, deja a su líder descuidado y desaparece entre el anonimato del pelotón.

Kuss fue el ejemplo en Alpe d’Huez de lo que es un buen gregario, el ciclista que cobra para disponer de ahorros por vida y el escalador que todo buen líder siempre quiere tener a su lado.

Hay corredores que un día crecieron para ser jefes de fila pero que luego cambiaron el papel cuando vieron que el oficio de líder no iba con ellos. Es el caso de Marc Soler, hoy uno de los mejores ciclistas del UEA en los que Pogacar se puede apoyar en los tres días claves que quedan de Pirineos para tratar de dar la vuelta a la tortilla del Tour. O en su mismo equipo Rafal Majka, que iba para escalador de postín, el mismo que nunca se arremangó lo suficiente para ayudar a Alberto Contador en sus inicios en el pelotón pero que ahora, entre la amistad y el entendimiento, también es un hombre esencial para que ‘Poggi’ cambie el guion de este Tour.

La apisonadora Jumbo

Pero ellos deben darse cuenta que enfrente tienen una apisonadora llamada Jumbo llena de gregarios que cuando no van en bici se pasean por la carretera con coches de lujo, que no miran el precio del vino en la carta de un restaurante la noche -son ciclistas pero también humanos- que salen a cenar con su pareja o con los amigos y a los que el día que se les deja sueltos la lían parda hasta el punto de llegar a meta, comprobar por detrás que no venga nadie -¿se han fijado que está es una costumbre que siguen haciendo todos los ciclistas en el Tour no sea caso que aparezca alguien de la nada para birlarles la victoria?- y levantar los brazos victoriosos.

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Por eso, mientras a los gregarios de Jonas Vingegaard, con Kuss a la cabeza, les queden fuerzas para impedir que Pogacar dinamite el Tour, será complicado, por muy buenos ayudantes que el ciclista esloveno tenga, que recupere ese jersey amarillo que nunca cambia, pues siempre lleva el mismo, y que todas las tardes le lavaba su masajista Joseba Elgezabal para que pareciese que lo estrenaba mientras reinaba en el Tour. Bienaventurados sean los gregarios porque para ellos será el reino de la Grande Boucle.