Eduardo Sacheri: «Maradona adelantó la globalización»

A Eduardo Sacheri (Castelar, Buenos Aires, 1967) el fútbol siempre le ha acompañado y aunque en sus últimas novelas (‘La noche de la Usina’ y ‘Lo mucho que te amé’) la presencia del balón se había difuminado, vuelve con fuerza en su última obra, ‘El funcionamiento general del mundo’ (editada por Alfaguara), una ‘road movie’ repleta de nostalgia y recuerdos de adolescencia, trufada de fútbol y ambientada en dos épocas. 

Para escribir la novela se embarcó en un viaje en solitario por la Patagonia.

Tenía ganas de volver a involucrar el mundo del fútbol en una novela: en la primera parte de mi obra, algunos relatos breves y ‘Papeles en el viento’ el fútbol estaba muy presente, pero habían pasado diez años y mis novelas iban por otros caminos. Sentí el deseo de volver al mundo del fútbol, a los viejos tiempos, donde el fútbol era muy importante. El protagonista de la novela está recién divorciado en el presente y viaja con sus hijos adolescentes; por eso hice el viaje, con la idea de que fuera parte de la novela. A veces, viajar ya es una forma de documentarse. Viajar, pensar y mirar. Lo hice viajando 3.000 kilómetros por la Patagonia, tomando notas de voz con el teléfono.

La historia tiene un punto nostálgico, de recuperación de la infancia y la adolescencia. Pero la nostalgia puede ser engañosa, ¿no?

Sí, quizá por eso soy profesor… la mirada nostálgica puede ser muy tramposa. Mi recuerdo de esa época no está idealizado, sino muy matizado. No es que tenga un recuerdo tenebroso, pero sí contradictorio o diverso. Y la región más luminosa de esos recuerdos tiene que ver con el fútbol, precisamente por eso tiene tanto peso en la novela, hay mucho de autobiográfico: ahí el fútbol ejerce de salvavidas. En aquella Argentina de los primeros años ochenta todo era muy cambiante y uno se ve en un enorme instituto secundario, le cuesta hacer amigos, no sabe muy bien cómo hablar con una chica… por eso jugar al fútbol es un refugio, un lugar donde uno es bastante más libre que en el resto del espacio. Jugando, sos libre. Yendo al estadio, también. Allí, por cierto, en el estadio, era donde uno podía empezar a gritar contra la dictadura sin tanto miedo a represalias.  

En su caso, el fútbol forjó su relación con su padre, aunque nunca fueron juntos al estadio de Independiente de Avellaneda. 

Mi padre, que era hincha de Independiente, me llevó a ver al equipo en la cancha de Vélez o de Ferro Carril Oeste porque estaban más cerca de casa y por la línea de tren. Pero obviamente sigo vinculando los recuerdos de esa época a mi padre: murió cuando yo tenía diez años; él no solo me abrió las puertas del fútbol, sino de Independiente, de los partidos por la radio. Es una de las grandes cosas que llegamos a compartir. La comunicación entre un adulto y un niño es un mundo complejo, pero el juego, el fútbol, facilita mucho esa comunicación. 

«La comunicación entre un adulto y un niño es un mundo complejo, pero el fútbol facilita mucho esa comunicación»

La novela también es un homenaje a la figura del maestro, del profesor. 

Quizá a mucha gente le ocurra lo mismo: yo tengo la sensación de haber sido injusto con los mejores profesores que tuve porque no lo noté cuando los tuve, sino años después, cuando fui adulto, cuando me tuve que enfrentar a 40 adolescentes en un aula. La enseñanza sigue siendo una parte muy fuerte de mi vida. Me gusta porque es un trabajo útil. En Argentina, pasamos todo 2020 sin un solo día de clase presencial: ojalá ese parón sirva para valorar la labor de los profesores, pero también para que los profesores hagan autocrítica, porque a veces veo a mis colegas en una actitud muy de reclamo y poco de entrega, como ese jugador que se limita a pedir la pelota y luego no corre para recuperarla.

¿Realmente son tan diferentes los adolescentes de hoy a los de los años ochenta o noventa?

El cambio más fuerte es la horizontalidad: ahora los chicos no te ven como alguien como merezca un respeto particular. Te tutean, cosa que hace 25 años era impensable. El gran desafío es construir el respeto. Antes, el respeto ya lo tenías a priori. Pero por otro lado, siento que la franqueza de los adolescentes es su mejor capital. Si te quieren, se nota. Si te odian, también. No fingen. Eso es valioso. Y no se esfuerzan en ocultar sus ideas y sus sentimientos. Son sinceros.

«La franqueza de los adolescentes es su mejor capital. Si te quieren, se nota. Si te odian, también. No fingen»

Como Federico, el protagonista de la novela, usted también empezó de portero pero luego se pasó al centro del campo.

El fútbol me fue muy útil en la adolescencia. Era buen portero, aunque no lo disfrutase tanto. En cambio, como jugador de campo era anodino. Así que valía la pena sufrir, porque el de arquero es un puesto de una gran responsabilidad, que tiene un dramatismo muy particular. Prefería jugar de arquero, aunque no me gustase del todo, para que dijesen ‘Eduardo, que venga’. En la adolescencia, eso de estar adentro, no quedarse a la intemperie, es importante.

«A veces veo a mis colegas profesores en una actitud muy de reclamo y poco de entrega, como ese jugador que se limita a pedir la pelota y luego no corre para recuperarla»

¿Sigue jugando?

Digamos que salgo al campo. Juego, pero juego muy mal. Mientras las rodillas y las caderas aguanten, ahí seguiré, en el centro del campo. El fútbol es tan hermoso que es importante seguir jugándolo.

El ídolo de Maradona era Bochini, el mejor jugador de la historia de Independiente. Si le hago elegir entre ambos, ¿con quién se queda?

Es que Bochini fue mi ídolo de una manera absoluta. Un artista que juega 20 años únicamente en tu club y que gana un montón de títulos, eso es el sueño de cualquier hincha. Pero obviamente no puedo negar la trascendencia descomunal de Maradona. En una época casi no globalizada, logró adelantar la globalización. Era conocido en todo el mundo cuando en realidad, muy pocos podían ver sus partidos.

Usted tenía 18 años cuando Argentina ganó el Mundial de México, con Maradona como referencia absoluta.

Hay pocas cosas que logren unificar a una sociedad como lo hizo ese Mundial. Veníamos de recuperar la democracia tres años antes, de la guerra de las Malvinas. Y llega ese Maradona… ¡Cómo no edificar un mito!

«Maradona era conocido en todo el mundo cuando en realidad, muy pocos podían ver sus partidos»

Volviendo a Bochini, coincidió una vez con él en el estadio de Independiente, ¿no?

Estaba nerviosísimo: no me ocurre si me presentan a políticos o a actores, pero tener a mi lado al ‘Bocha’…. Él es muy tímido, pero de repente se me pone a comentar cómo está viendo el partido, y yo pensando, aterido, ‘si nos viera mi padre’. Fue mi padre quien me dijo en su día ‘no dejes de mirar a ese jovencito’, él vio el nacimiento del mito. Y luego el ‘Bocha’ me comenta que había leído un par de textos míos, se me pone a hablar de ‘Señor Pastoriza’ [relato de Sacheri inspirado en la figura de José Omar Pastoriza], yo no lo podía creer. Fue un domingo soñado porque además le ganamos 2-0 a Racing. 

«Cuando conocí a Bochini estaba nerviosísimo, algo que no me ocurre si me presentan a políticos o a actores»

Si tuviera que convencer a un aficionado español para hacerse hincha de Independiente, ¿qué le diría?

Ya sabes que es el club con más títulos del continente, ¿no? Pero además de eso, al hincha de Independiente hay que reconocerle el buen gusto. Siempre nos gustó el fútbol bien jugado; es un hincha que no acaba de disfrutar del todo si su equipo no juega bien, y eso creo que es un valor añadido en un mundo donde los números mandan.

«Al hincha de Independiente hay que reconocerle el buen gusto: no acaba de disfrutar del todo si su equipo no juega bien»

En un mundo cada vez más global, ¿hacia donde cree que camina el fútbol? Da la sensación de que es un producto cada vez más globalizado y por lo tanto, más desarraigado.

No soy tan pesimista. Creo que el fútbol necesita sostener de algún modo ese vínculo con lo infantil, con el barrio, con el pueblo, con la ciudad. Y eso le va terminar poniendo un límite a la globalización. Aunque muchos clubes se vuelvan planetarios, siento que el fútbol es algo tan complejo y tan vasto que será capaz de sobrevivir a la globalización. Diría que convivirán dos formas de vivirlo, tú puedes ver un partido de una Liga planetaria, por llamarla de alguna forma, pero si sos un niño vas a salir a la calle a pelotear, o si eres un barrigón, querrás jugar un picado con los amigos. Y el fútbol más verdadero es ese, más que el de las estrellas, que también está muy bien.  

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A Eduardo Sacheri (Castelar, Buenos Aires, 1967) el fútbol siempre le ha acompañado y aunque en sus últimas novelas (‘La noche de la Usina’ y ‘Lo mucho que te amé’) la presencia del balón se había difuminado, vuelve con fuerza en su última obra, 'El funcionamiento general del mundo' (editada por Alfaguara), una ‘road movie’ repleta de nostalgia y recuerdos de adolescencia, trufada de fútbol y ambientada en dos épocas. 

Para escribir la novela se embarcó en un viaje en solitario por la Patagonia.

Tenía ganas de volver a involucrar el mundo del fútbol en una novela: en la primera parte de mi obra, algunos relatos breves y ‘Papeles en el viento’ el fútbol estaba muy presente, pero habían pasado diez años y mis novelas iban por otros caminos. Sentí el deseo de volver al mundo del fútbol, a los viejos tiempos, donde el fútbol era muy importante. El protagonista de la novela está recién divorciado en el presente y viaja con sus hijos adolescentes; por eso hice el viaje, con la idea de que fuera parte de la novela. A veces, viajar ya es una forma de documentarse. Viajar, pensar y mirar. Lo hice viajando 3.000 kilómetros por la Patagonia, tomando notas de voz con el teléfono.

La historia tiene un punto nostálgico, de recuperación de la infancia y la adolescencia. Pero la nostalgia puede ser engañosa, ¿no?

Sí, quizá por eso soy profesor… la mirada nostálgica puede ser muy tramposa. Mi recuerdo de esa época no está idealizado, sino muy matizado. No es que tenga un recuerdo tenebroso, pero sí contradictorio o diverso. Y la región más luminosa de esos recuerdos tiene que ver con el fútbol, precisamente por eso tiene tanto peso en la novela, hay mucho de autobiográfico: ahí el fútbol ejerce de salvavidas. En aquella Argentina de los primeros años ochenta todo era muy cambiante y uno se ve en un enorme instituto secundario, le cuesta hacer amigos, no sabe muy bien cómo hablar con una chica… por eso jugar al fútbol es un refugio, un lugar donde uno es bastante más libre que en el resto del espacio. Jugando, sos libre. Yendo al estadio, también. Allí, por cierto, en el estadio, era donde uno podía empezar a gritar contra la dictadura sin tanto miedo a represalias.  

En su caso, el fútbol forjó su relación con su padre, aunque nunca fueron juntos al estadio de Independiente de Avellaneda. 

Mi padre, que era hincha de Independiente, me llevó a ver al equipo en la cancha de Vélez o de Ferro Carril Oeste porque estaban más cerca de casa y por la línea de tren. Pero obviamente sigo vinculando los recuerdos de esa época a mi padre: murió cuando yo tenía diez años; él no solo me abrió las puertas del fútbol, sino de Independiente, de los partidos por la radio. Es una de las grandes cosas que llegamos a compartir. La comunicación entre un adulto y un niño es un mundo complejo, pero el juego, el fútbol, facilita mucho esa comunicación. 

"La comunicación entre un adulto y un niño es un mundo complejo, pero el fútbol facilita mucho esa comunicación"

La novela también es un homenaje a la figura del maestro, del profesor. 

Quizá a mucha gente le ocurra lo mismo: yo tengo la sensación de haber sido injusto con los mejores profesores que tuve porque no lo noté cuando los tuve, sino años después, cuando fui adulto, cuando me tuve que enfrentar a 40 adolescentes en un aula. La enseñanza sigue siendo una parte muy fuerte de mi vida. Me gusta porque es un trabajo útil. En Argentina, pasamos todo 2020 sin un solo día de clase presencial: ojalá ese parón sirva para valorar la labor de los profesores, pero también para que los profesores hagan autocrítica, porque a veces veo a mis colegas en una actitud muy de reclamo y poco de entrega, como ese jugador que se limita a pedir la pelota y luego no corre para recuperarla.

¿Realmente son tan diferentes los adolescentes de hoy a los de los años ochenta o noventa?

El cambio más fuerte es la horizontalidad: ahora los chicos no te ven como alguien como merezca un respeto particular. Te tutean, cosa que hace 25 años era impensable. El gran desafío es construir el respeto. Antes, el respeto ya lo tenías a priori. Pero por otro lado, siento que la franqueza de los adolescentes es su mejor capital. Si te quieren, se nota. Si te odian, también. No fingen. Eso es valioso. Y no se esfuerzan en ocultar sus ideas y sus sentimientos. Son sinceros.

"La franqueza de los adolescentes es su mejor capital. Si te quieren, se nota. Si te odian, también. No fingen"

Como Federico, el protagonista de la novela, usted también empezó de portero pero luego se pasó al centro del campo.

El fútbol me fue muy útil en la adolescencia. Era buen portero, aunque no lo disfrutase tanto. En cambio, como jugador de campo era anodino. Así que valía la pena sufrir, porque el de arquero es un puesto de una gran responsabilidad, que tiene un dramatismo muy particular. Prefería jugar de arquero, aunque no me gustase del todo, para que dijesen ‘Eduardo, que venga’. En la adolescencia, eso de estar adentro, no quedarse a la intemperie, es importante.

"A veces veo a mis colegas profesores en una actitud muy de reclamo y poco de entrega, como ese jugador que se limita a pedir la pelota y luego no corre para recuperarla"

¿Sigue jugando?

Digamos que salgo al campo. Juego, pero juego muy mal. Mientras las rodillas y las caderas aguanten, ahí seguiré, en el centro del campo. El fútbol es tan hermoso que es importante seguir jugándolo.

El ídolo de Maradona era Bochini, el mejor jugador de la historia de Independiente. Si le hago elegir entre ambos, ¿con quién se queda?

Es que Bochini fue mi ídolo de una manera absoluta. Un artista que juega 20 años únicamente en tu club y que gana un montón de títulos, eso es el sueño de cualquier hincha. Pero obviamente no puedo negar la trascendencia descomunal de Maradona. En una época casi no globalizada, logró adelantar la globalización. Era conocido en todo el mundo cuando en realidad, muy pocos podían ver sus partidos.

Usted tenía 18 años cuando Argentina ganó el Mundial de México, con Maradona como referencia absoluta.

Hay pocas cosas que logren unificar a una sociedad como lo hizo ese Mundial. Veníamos de recuperar la democracia tres años antes, de la guerra de las Malvinas. Y llega ese Maradona… ¡Cómo no edificar un mito!

"Maradona era conocido en todo el mundo cuando en realidad, muy pocos podían ver sus partidos"

Volviendo a Bochini, coincidió una vez con él en el estadio de Independiente, ¿no?

Estaba nerviosísimo: no me ocurre si me presentan a políticos o a actores, pero tener a mi lado al ‘Bocha’…. Él es muy tímido, pero de repente se me pone a comentar cómo está viendo el partido, y yo pensando, aterido, ‘si nos viera mi padre’. Fue mi padre quien me dijo en su día ‘no dejes de mirar a ese jovencito’, él vio el nacimiento del mito. Y luego el ‘Bocha’ me comenta que había leído un par de textos míos, se me pone a hablar de ‘Señor Pastoriza’ [relato de Sacheri inspirado en la figura de José Omar Pastoriza], yo no lo podía creer. Fue un domingo soñado porque además le ganamos 2-0 a Racing. 

"Cuando conocí a Bochini estaba nerviosísimo, algo que no me ocurre si me presentan a políticos o a actores"

Si tuviera que convencer a un aficionado español para hacerse hincha de Independiente, ¿qué le diría?

Ya sabes que es el club con más títulos del continente, ¿no? Pero además de eso, al hincha de Independiente hay que reconocerle el buen gusto. Siempre nos gustó el fútbol bien jugado; es un hincha que no acaba de disfrutar del todo si su equipo no juega bien, y eso creo que es un valor añadido en un mundo donde los números mandan.

"Al hincha de Independiente hay que reconocerle el buen gusto: no acaba de disfrutar del todo si su equipo no juega bien"

En un mundo cada vez más global, ¿hacia donde cree que camina el fútbol? Da la sensación de que es un producto cada vez más globalizado y por lo tanto, más desarraigado.

No soy tan pesimista. Creo que el fútbol necesita sostener de algún modo ese vínculo con lo infantil, con el barrio, con el pueblo, con la ciudad. Y eso le va terminar poniendo un límite a la globalización. Aunque muchos clubes se vuelvan planetarios, siento que el fútbol es algo tan complejo y tan vasto que será capaz de sobrevivir a la globalización. Diría que convivirán dos formas de vivirlo, tú puedes ver un partido de una Liga planetaria, por llamarla de alguna forma, pero si sos un niño vas a salir a la calle a pelotear, o si eres un barrigón, querrás jugar un picado con los amigos. Y el fútbol más verdadero es ese, más que el de las estrellas, que también está muy bien.  

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Para escribir la novela se embarcó en un viaje en solitario por la Patagonia.

Tenía ganas de volver a involucrar el mundo del fútbol en una novela: en la primera parte de mi obra, algunos relatos breves y ‘Papeles en el viento’ el fútbol estaba muy presente, pero habían pasado diez años y mis novelas iban por otros caminos. Sentí el deseo de volver al mundo del fútbol, a los viejos tiempos, donde el fútbol era muy importante. El protagonista de la novela está recién divorciado en el presente y viaja con sus hijos adolescentes; por eso hice el viaje, con la idea de que fuera parte de la novela. A veces, viajar ya es una forma de documentarse. Viajar, pensar y mirar. Lo hice viajando 3.000 kilómetros por la Patagonia, tomando notas de voz con el teléfono.

La historia tiene un punto nostálgico, de recuperación de la infancia y la adolescencia. Pero la nostalgia puede ser engañosa, ¿no?

Sí, quizá por eso soy profesor… la mirada nostálgica puede ser muy tramposa. Mi recuerdo de esa época no está idealizado, sino muy matizado. No es que tenga un recuerdo tenebroso, pero sí contradictorio o diverso. Y la región más luminosa de esos recuerdos tiene que ver con el fútbol, precisamente por eso tiene tanto peso en la novela, hay mucho de autobiográfico: ahí el fútbol ejerce de salvavidas. En aquella Argentina de los primeros años ochenta todo era muy cambiante y uno se ve en un enorme instituto secundario, le cuesta hacer amigos, no sabe muy bien cómo hablar con una chica… por eso jugar al fútbol es un refugio, un lugar donde uno es bastante más libre que en el resto del espacio. Jugando, sos libre. Yendo al estadio, también. Allí, por cierto, en el estadio, era donde uno podía empezar a gritar contra la dictadura sin tanto miedo a represalias.  

En su caso, el fútbol forjó su relación con su padre, aunque nunca fueron juntos al estadio de Independiente de Avellaneda. 

Mi padre, que era hincha de Independiente, me llevó a ver al equipo en la cancha de Vélez o de Ferro Carril Oeste porque estaban más cerca de casa y por la línea de tren. Pero obviamente sigo vinculando los recuerdos de esa época a mi padre: murió cuando yo tenía diez años; él no solo me abrió las puertas del fútbol, sino de Independiente, de los partidos por la radio. Es una de las grandes cosas que llegamos a compartir. La comunicación entre un adulto y un niño es un mundo complejo, pero el juego, el fútbol, facilita mucho esa comunicación. 

«La comunicación entre un adulto y un niño es un mundo complejo, pero el fútbol facilita mucho esa comunicación»

La novela también es un homenaje a la figura del maestro, del profesor. 

Quizá a mucha gente le ocurra lo mismo: yo tengo la sensación de haber sido injusto con los mejores profesores que tuve porque no lo noté cuando los tuve, sino años después, cuando fui adulto, cuando me tuve que enfrentar a 40 adolescentes en un aula. La enseñanza sigue siendo una parte muy fuerte de mi vida. Me gusta porque es un trabajo útil. En Argentina, pasamos todo 2020 sin un solo día de clase presencial: ojalá ese parón sirva para valorar la labor de los profesores, pero también para que los profesores hagan autocrítica, porque a veces veo a mis colegas en una actitud muy de reclamo y poco de entrega, como ese jugador que se limita a pedir la pelota y luego no corre para recuperarla.

¿Realmente son tan diferentes los adolescentes de hoy a los de los años ochenta o noventa?

El cambio más fuerte es la horizontalidad: ahora los chicos no te ven como alguien como merezca un respeto particular. Te tutean, cosa que hace 25 años era impensable. El gran desafío es construir el respeto. Antes, el respeto ya lo tenías a priori. Pero por otro lado, siento que la franqueza de los adolescentes es su mejor capital. Si te quieren, se nota. Si te odian, también. No fingen. Eso es valioso. Y no se esfuerzan en ocultar sus ideas y sus sentimientos. Son sinceros.

«La franqueza de los adolescentes es su mejor capital. Si te quieren, se nota. Si te odian, también. No fingen»

Como Federico, el protagonista de la novela, usted también empezó de portero pero luego se pasó al centro del campo.

El fútbol me fue muy útil en la adolescencia. Era buen portero, aunque no lo disfrutase tanto. En cambio, como jugador de campo era anodino. Así que valía la pena sufrir, porque el de arquero es un puesto de una gran responsabilidad, que tiene un dramatismo muy particular. Prefería jugar de arquero, aunque no me gustase del todo, para que dijesen ‘Eduardo, que venga’. En la adolescencia, eso de estar adentro, no quedarse a la intemperie, es importante.

«A veces veo a mis colegas profesores en una actitud muy de reclamo y poco de entrega, como ese jugador que se limita a pedir la pelota y luego no corre para recuperarla»

¿Sigue jugando?

Digamos que salgo al campo. Juego, pero juego muy mal. Mientras las rodillas y las caderas aguanten, ahí seguiré, en el centro del campo. El fútbol es tan hermoso que es importante seguir jugándolo.

El ídolo de Maradona era Bochini, el mejor jugador de la historia de Independiente. Si le hago elegir entre ambos, ¿con quién se queda?

Es que Bochini fue mi ídolo de una manera absoluta. Un artista que juega 20 años únicamente en tu club y que gana un montón de títulos, eso es el sueño de cualquier hincha. Pero obviamente no puedo negar la trascendencia descomunal de Maradona. En una época casi no globalizada, logró adelantar la globalización. Era conocido en todo el mundo cuando en realidad, muy pocos podían ver sus partidos.

Usted tenía 18 años cuando Argentina ganó el Mundial de México, con Maradona como referencia absoluta.

Hay pocas cosas que logren unificar a una sociedad como lo hizo ese Mundial. Veníamos de recuperar la democracia tres años antes, de la guerra de las Malvinas. Y llega ese Maradona… ¡Cómo no edificar un mito!

«Maradona era conocido en todo el mundo cuando en realidad, muy pocos podían ver sus partidos»

Volviendo a Bochini, coincidió una vez con él en el estadio de Independiente, ¿no?

Estaba nerviosísimo: no me ocurre si me presentan a políticos o a actores, pero tener a mi lado al ‘Bocha’…. Él es muy tímido, pero de repente se me pone a comentar cómo está viendo el partido, y yo pensando, aterido, ‘si nos viera mi padre’. Fue mi padre quien me dijo en su día ‘no dejes de mirar a ese jovencito’, él vio el nacimiento del mito. Y luego el ‘Bocha’ me comenta que había leído un par de textos míos, se me pone a hablar de ‘Señor Pastoriza’ [relato de Sacheri inspirado en la figura de José Omar Pastoriza], yo no lo podía creer. Fue un domingo soñado porque además le ganamos 2-0 a Racing. 

«Cuando conocí a Bochini estaba nerviosísimo, algo que no me ocurre si me presentan a políticos o a actores»

Si tuviera que convencer a un aficionado español para hacerse hincha de Independiente, ¿qué le diría?

Ya sabes que es el club con más títulos del continente, ¿no? Pero además de eso, al hincha de Independiente hay que reconocerle el buen gusto. Siempre nos gustó el fútbol bien jugado; es un hincha que no acaba de disfrutar del todo si su equipo no juega bien, y eso creo que es un valor añadido en un mundo donde los números mandan.

«Al hincha de Independiente hay que reconocerle el buen gusto: no acaba de disfrutar del todo si su equipo no juega bien»

En un mundo cada vez más global, ¿hacia donde cree que camina el fútbol? Da la sensación de que es un producto cada vez más globalizado y por lo tanto, más desarraigado.

No soy tan pesimista. Creo que el fútbol necesita sostener de algún modo ese vínculo con lo infantil, con el barrio, con el pueblo, con la ciudad. Y eso le va terminar poniendo un límite a la globalización. Aunque muchos clubes se vuelvan planetarios, siento que el fútbol es algo tan complejo y tan vasto que será capaz de sobrevivir a la globalización. Diría que convivirán dos formas de vivirlo, tú puedes ver un partido de una Liga planetaria, por llamarla de alguna forma, pero si sos un niño vas a salir a la calle a pelotear, o si eres un barrigón, querrás jugar un picado con los amigos. Y el fútbol más verdadero es ese, más que el de las estrellas, que también está muy bien.  

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