Diego y el mal patrón

Diego y el mal patrón

Con solo 22 años llegó hace apenas siete meses a Alicante procedente de Venezuela en busca de un futuro. Ahora está en una silla de ruedas de la que no sabe si se podrá levantar. ¿Su delito? Necesitar trabajo y toparse con un empleador sin escrúpulos

Aterrizó en Alicante el pasado diciembre con la idea de comerse el mundo y de momento ha sido él quien se ha llevado la primera dentellada. Diego Jesús Méndez, un venezolano de 22 años que dejó su país en busca de un futuro y de ayuda para su familia, lleva desde el pasado San Juan en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo en una silla de ruedas de la que no sabe si algún día se podrá levantar. 

Su ilusión era ser militar aunque empieza a pensar que ese sueño se le ha roto al igual que la vértebra que se le fracturó tras caer desde unos tres metros de altura afectándole a la médula y dejando la mitad de su cuerpo sin movilidad. Lo cuenta con una serena resignación, pese a la dureza del diagnóstico y a su edad, desde el hospital toledano, a donde fue trasladado después de operarle de urgencia y pasar más de un mes en el Doctor Balmis de Alicante. Una barra de titanio y varios tornillos en su interior dan buena cuenta de ello. 

Diego, en el hospital tras ser operado. |

El accidente laboral que su empleador, Enrique C., quiso que enmascarara como siniestro doméstico ocurrió el 16 de mayo en un taller de Alicante donde trabajaba instalando un sistema de refrigeración.Estaba encaramado en una escalera de tijera que se vino abajo tras cerrarse y contra la que impactó y se partió la espalda. Cerca de dos meses llevaba trabajando sin contrato para este hombre que ahora dice no saber de qué le hablan, pero al que en relación con estos hechos detuvo la Policía junto a su pareja por un delito contra la seguridad de los trabajadores y otro de lesiones graves por imprudencia. 

La investigación llevada a cabo por el Grupo de Delincuencia Violenta de la Comisaría de Alicante, y en la que también ha intervenido la Inspección de Trabajo, concluyó que ambos, español de 40 años él y colombiana de 32 ella, se dedicaban a captar mano de obra barata entre colectivos necesitados a los que no les queda otra que tragar con todo. Incluso habían creado dos grupos WhatsApp, uno para venezolanos y otro para colombianos, a los que se requería según las necesidades y se pagaba por día o por semana sin ninguna relación contractual ni, por supuesto, medidas de prevención de riesgos laborales. 

Diego con su madre, María, con su hermana Avril y con su amigo Luis Felipe. |

Treinta euros al día o 180 a la semana, según la modalidad de pago, cuenta Diego que cobraba por jornadas que empezaban a las ocho de la mañana, «o antes», y acababan a las cuatro de la tarde, «o después», con «algún sábado que otro incluido».

«Era consciente de que me estaba explotando, pero no tenía otra cosa», asegura este chico que cuando le indicó a la mujer, con la que hizo el primer contacto, que no tenía formación para instalar aire acondicionado, «me dijo que no importaba, que su marido solo quería un ayudante».

A pesar de ello, cuando ocurrió el accidente, Diego estaba solo. Tanto es así que tuvo que desgañitarse pidiendo ayuda al ver que las piernas no le respondían. «Cuando llegó el patrón me dio un masaje con mentol en la espalda y me insistía que me pusiera de pie pero, como no podía, me tuvo que llevar en brazos hasta la furgoneta para ir al hospital».

Pese a lo crítico de la situación y al posible agravamiento de las lesiones que ese traslado indebido, en vez de llamar a una ambulancia, pudiera provocar, el «empresario» quiso que pasaran antes por casa de Diego para que cogiera su pasaporte. Una acción que los investigadores interpretan como el preparativo de su coartada: que el chico dijera que se había caído mientras instalaba un televisor en su casa. Un accidente doméstico y no laboral. 

Versión que Diego mantuvo hasta que fue consciente de que su jefe se había desentendido de él desde el mismo momento en que un celador del Hospital General se lo llevó para dentro. Fue la última vez que le vio. «Entiendo que se asustara al principio, pero tuvo tiempo para ir a ver cómo estaba y no lo hizo», dice con dolor. Aunque apostilla que ahora «preferiría no verle más». 

La cicatriz de la operación a la que fue sometido Diego. |

Luis Felipe, amigo de Diego desde niño, con el que se vino para España y quien no se ha separado de él desde que ocurrió el accidente, fue a quien el «patrón» le dijo que no se iba a hacer cargo de nada y le reiteró lo de que la caída había sido en la casa que compartían los dos chavales en la calle Sevilla de Alicante. Lo mismo que respondió al ser preguntado por este medio antes de agregar que el chico nunca había trabajado para él, que «buscará sacar algo» y colgar el teléfono sin despedirse.

Para apuntalar lo que relata en la denuncia que presentó desde la cama del hospital, Diego dispone de vídeos, fotografías y conversaciones de WhatsApp que prueban la relación la laboral con los detenidos, quienes se negaron a declarar en Comisaría.

Diego con Felipe, amigos desde niños. |

Mientras se celebra el juicio por estos hechos, con una fractura vertebral con invasión medular e incontinencia urinaria y fecal como consecuencia de la lesión, Diego intenta no venirse abajo. «Al principio era puro llorar pero los psicólogos del hospital me dijeron que no me podía derrumbar», cuenta.

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Lo que más desea: ver a su familia. Su abuela, su madre, que está haciendo lo imposible por venir a verle, y a su hermana Avril, de 7 años. ¿Y después? «Recuperarme y poder estudiar en España».

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